lunes, 15 de diciembre de 2014

La Venus de Willendorf

José, Gabriel y yo nos dirigimos, en el vocho del segundo, a Las Sirenas. Una suerte de salón de baile ubicado en la colonia Granjas. Debo decir que ya ibamos bastante servidos con algunos six de Modelo que habíamos estado ingiriendo en el negocio de José. Jamás había puesto un pie en Las Sirenas, ni jamás lo había hecho en un lugar como aquel prometía.
En cuanto llegué comencé, como debe ser la sana costumbre de todo heterosexual alcoholizado que se precie de serlo, a buscar chicas guapas para bailar. Debo admitir que sobre bailar no sabía ni un carajo, pero sabía moverme a la perfección con ese pasito ranchero tan sencillo y tan de moda, que lo único que exige es arrepegársele bien a la huerca y llevarla de zancadas dando vueltas por la pista. Como buen borracho pero sobre todo como buen mexicano que soy, no podía imaginarlo de otra manera pues bailar así ofrece la mejor  manera de tantear la mercancía, vamos, de agarrarle las naranjas, melones o melocotones a la de las frutas, dependiendo de la frutera o de la temporada; lo que se ha dado en denominar: "bailar de a cartoncito de chela". Que no es otra cosa que la manera en los heterosexuales alcoholizados le demostramos a las hembras que si bien no traemos caza sí por lo menos ganas.
Y así bailé hasta bien entrada la noche con todo aquello que de lejos luciera como ninfa, mujer o quimera. Pues debo admitir, no hay mejor manera de masturbarse (no tan literalmente, malpensado) que el hacerlo al amparo de las frías y perfumadas carnes de una belleza de cantina. Pues, debo decir, no hay amor más puro y más sano que el de una de ellas: jamás te recriminaran por llegar borracho y siempre te darán un pecho sobre el cual recostarte a llorar las penas de la vida.

Hasta que llegué a ella. Hermoso nardo creciendo imperante en el pantano, cisne que nada y se baña entre las orcas, ninfa que atemoriza con belleza celestial a los orcos, hermosos delfín que soberbio cabriolea sobre las morsas: venus de Milo pero jamás de Willendorf.
Bailamos o la bailé, que es lo mismo y que incluye la clásica sabroseada, respiración al hombro y el "ay mamacita, que sabrosa estás" mientras las manos de inspector certificado comprueban que todo está en su lugar: suavecito y manoseable.
Transcurrió la noche entre Vicente Fernández, Intocable, The Northern Tigers y hasta La Diosa de la Cumbia, todas y cada una de las cuales bailamos con el mismo, meticuloso y conciensudo pasito al cual en todo caso sólo le iba modificando el ritmo a los siempre necesarios arrempujones.

Venus de Willendorf, circa 27500 A.C.
De ahí no recuerdo ya nada, sino hasta la once de la mañana del día siguiente, o del mismo para efectos técnicos. Hora en que desperté, como es de esperarse, con resaca pero además con el brazo derecho totalmente muerto de entumido y sepultado bajo el cuerpo de una mujer desnuda apenas cubierta por una ligera sábana colo crema a través de la cual podía constatar los pliegues de sus carnes abdominales, la textura de naranja de sus glúteos y lo voluminoso de un cuerpo que estaba lejos de poder ser etiquetado como de sílfide, ninfa o delfín y más cercano a lo que los doctores denominan obesidad morbida.
Decidí en aquel instante descubrir por completo ese cuerpo reposante para apreciar con mayor claridad sus detalles y así poder dar entendimiento a lo que habría podido suceder la noche previa. Me atreví entonces, a la luz de las pruebas oculares, a realizar algunas conjeturas sobre "física dinámica de cuerpos adiposos" que me permitieron confirmar y decirme a mi mismo que poco o nada pudo haber sucedido entre aquella diosa
de la fertilidad y yo, y que de ver esto mi padre sin duda se sentiría muy orgulloso de su vástago.



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