viernes, 26 de diciembre de 2014

Mi padre, su herencia y yo

Siguiendo el espíritu de Descartes hay quienes en verdad dudan de todo. Incluyendo lo que la ciencia a todas luces nos dice que existe. Pero después de todo ¿No se ha vuelto la ciencia un dogma también? ¿Una suerte de discurso contra el Dios de los huecos? ¿No deberíamos luchar contra ella cuando ha devenido en doctrina?
Carlos es el primero en dudar, de tal suerte que dice no creer que la Tierra sea redonda o esta gire en torno al Sol. "Hasta no ver, no creer" apunta. Finalmente tiene un punto, ni yo mismo he podido comprobar que la Tierra sea redonda o que revuelva en torno al astro solar. Aunque por obvias razones no podríamos tomar partido contra ambas afirmaciones, tan desconocemos el afirmativo categórico como desconocemos el opuesto al mismo. Simples seres humanos reducidos a sus sentidos y su incapacidad y holgazanería para ir más allá. En todo caso a mi me basta con saber que todo esto acerca de la redondez terrestre llevó al "descubrimiento" de América y todos esos sucesos históricos innegables. Después de todo la duda no es la negación del supuesto, tan sólo el desconocimiento de su fuente de validez. Descartes dudaba e incluso dudó de que dudaba, la Iglesia no dudo jamás y para efectos prácticos tenemos la Inquisición pues a quien dudase se le haría no dudar más por fuerza y sin sazón.
Tras el método, y más que nada los métodos científicos, se esconde el espíritu humano. El ímpetu y la fuerza de una especie que anda siempre en busca de la verdad, del conocimiento. Cuando los dioses crearon al hombre este pudo ver todo a su alrededor, verlo con tanta claridad que pronto los dioses temieron que este podría igualárseles y decidieron entonces nublarle la vista. No nos era digno ver más allá de lo evidente. Pero con lo evidente ha bastado para ello.

En ocasiones lo evidente es tal que lo obviamos por mucho que se encuentre a nuestra vista. Antier escuchaba a mi tía P. mientras preparaba las tortilla, hablamos por espacio de diez minutos y en algún momento llegamos, o llegué, al tema de mi padre y confirmo, lo hice como mero comentario irónico sobre mi herencia genética. De inmediato me pidió que no mencionase al sujeto y después me comentó que en una ocasión mi padre, cuando yo no ni siquiera había cumplido un año de edad, me sacó de la casa y me llevó todo el día con él particularmente a convivir con sus amigas de la vida alegre (ficheras o gordas de botanera, como se las quiera ver) lo cual me hizo recordar de inmediato los comentarios de mi tía E. en torno del gusto por llegar a altas horas de la noche acompañado de ficheras que tanto caracterizó a mi padre.
Para Carlos hay algo de lo que ya no cabe duda y eso es mi filiación con el sujeto que se dice mi padre. A través de mi y de mi padre él ha podido comprobar que la herencia genética en realidad existe. Pero lo dice en torno no a características físicas pero conductuales. Soy hijo de mi padre porque me comporto como mi padre. Lo insólito del caso no es la similitud de modos y conductas pero la distancia que medió entre ambos. No crecí ni lejanamente cerca de mi padre pero a decir de Carlos no fue necesario. De los cuatro hijos que le bastó tener yo soy una copia fiel de mi padre. El gusto de mi padre es mi gusto por las mujeres de la vida alegre. Sus maneras fanfarronescas son las mías también.

La ciencia parece encontrar una respuesta en la epigenética que es el estudio de aquellos factores hereditarios que no realizan un cambio en la secuencia del ADN. Después de todo Lamarck podría no haber estado equivocado. Es un estudio con ratas se comprobó que los cachorros de aquellas ratas que fueron sujetas a una dieta con menor contenido nutricional, vamos que se les hizo pasar hambre, fueron un tanto porciento más propensos a ser obesos. La hambruna sufrida por los padres programó a los hijos para la obesidad. ¿Acaso podríamos afirmar que de tanto convivir con ficheras mi padre me programó epigenéticamente para disfrutar de la compañía de esta suerte de mujeres?  Eso ya sería decir mamadas.

Lo que parece cierto es que después de todo no somos arquitectos de nuestro destino, quizá tan sólo maestros de obra.



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En apoyo a la libertad de expresion y con fundamento en el articulo 6to de la Constitucion Politica de los Estados Unidos Mexicanos, publico todo lo que las voces en mi cabeza tienen que decir, pero me deslindo afirmando que no necesariamente comparto sus puntos de vista.